En semanas de lluvias y temporales como las que estamos viviendo en el invierno 2025-26 es bueno viajar al pasado para conocer uno de los turbones que hicieron historia en la Fuerteventura de la década de 1960.
El de 1964 fue un año para conmemoraciones. No cabían en él las malas noticias que pudieran empañar los "XXV años de paz" ni las cabalgatas de los Reyes Magos por la isla de Fuerteventura. Bueno, eran aquellos fastos y otros que estando programados oficialmente, debían celebrarse a lo largo de doce meses.
Pero el año empezó con un turbón que durante los días 3, 4, 5 y 6 de enero produjo unas lluvias torrenciales que trastocaron la agenda oficial con la contundencia de las aguas desbocadas en distintas zonas de Fuerteventura. Porque en aquellas fechas se produjo lo que hoy conocemos como "borrasca de impacto sobre las islas" y el que abordamos era un episodio más en forma de tormentas muy fuertes y muy localizadas.
Con la boca chica se contó en la prensa que la tormenta había sido demoledora, especialmente en Guisguey, de donde la gente huyó despavorida ante el ímpetu de las aguas; pero llegó el momento en que ya no se pudo ocultar la evidencia que pregonaban los cientos de frutales arrancados de cuajo y que flotaban en el mar, frente a la desembocadura del barranco de aquel caserío, cerca de la bahía de Puerto Lajas; con la boca chica casi pasó desapercibido el cierre del Aeropuerto de El Viso, al naciente de Los Estancos, y del muelle de Puerto del Rosario, y que, por consiguiente, los Reyes Magos no pudieron llegar en avión como estaba previsto. Pero lo juguetes, los buenos y los de plástico, llegarían algo después a bordo del buque de la Armada "Magallanes", que osó acercarlos con varios trasbordos hasta nuestra ciudad.
Yo tenía siete u ocho años y, de aquellos días, sólo recuerdo el color oscuro del cielo, el canelo del frente marítimo, la calle de mi casa de bote en bote, el estruendo de la tronamenta y el estampido de su electricidad en los dos pararrayos de la Casa Cuartel de la Guardia Civil que estaba en la acera de enfrente. Lo demás lo averigüé, me lo contaron y así lo cuento.
Estoy por afirmar que aquel fue un año para "verificar bulos" -que diríamos hoy. Por ejemplo, don M.G. me dijo que otra de las noticias parcialmente falsa en aquel entonces, hacía alusión a "un pueblo de Fuerteventura arrasado por una tromba de agua", y que él mismo se había alzado contra la que, según comentó, había sido una exagerada crónica...
Guisguey, zona catastrófica
Me callé y preferí contrastar con el informe emitido por la Jefatura Agronómica de Las Palmas, cuyo ingeniero desplazado al pueblo de Guisguey contó lo siguiente: "el aluvión lo invadió todo y las márgenes del barranco fueron arrasadas; las lluvias sin duda fueron intensas, pero lo que a mi juicio originó el desastre fue que cayeron cuando todas las fincas estaban llenas (bebidas), y se rompieron las gavias y el agua que cayó en hora y media es posible que fuese de 60 a 70 litros por metro cuadrado, pero fueron suficientes para que sumándose a la embalsada, provocara el que los bancales o trastones y nateros no pudiesen resistir su peso y fueron precipitándose unos sobre otros, sin posible contención..."
Y a continuación aquel técnico contó lo que provocó la movilización de muchos vecinos que, a través del alcalde pedáneo, Lázaro Rodríguez, inventariaron los daños que habían padecido en sus fincas, así en paredes como en caños y en árboles: "Lo que más impresiona es comprobar que se impone la necesidad ineludible de reconstruir todas las paredes que encauzaban las aguas barranco abajo; porque representan, en realidad, la pérdida del esfuerzo de muchas generaciones que, poco a poco, fueron canalizando las aguas y creando suelo vegetal que casi desapareció en su totalidad". Así es que preferimos no caer en dramatismos y dar cuenta de lo ocurrido, valorando no solo las pérdidas materiales, sino resaltando el valor patrimonial de un paisaje hecho con el trabajo de nuestros antepasados.
Así pudimos comprobar cómo algunos de los afectados colaboraron a través de las autoridades locales. Tales fueron Ana M. Gutiérrez, que declaró por su finca situada en La Cabeza y en El Cerco de la Vieja Antonia; Miguel Rodríguez, por las que tenía en el paraje de Las Palmas y en Valhondo; Lorenzo González, por su finca de Boca del Valle, en La Roseta y en Las Majadillas; Mateo Cerpa, por su gavia en Las Palmas; Domingo González, por su finca en La Capellanía, en Valle Corto... Todos ellos con los demás que omitimos, fueron sumando daños que servirían al Gobierno Civil para cuantificar el desastre de Guisguey, pero sobre para reconstruir un paisaje de muy alto valor etnográfico.
La pérdidas en la Cuenca del Barranco de Los Molinos
Pero aquella tormenta provocó situaciones igualmente alarmantes en otras partes del municipio de Puerto del Rosario, donde a lo largo de toda la cuenca hidrográfica del Barranco de Los Molinos (unos 72 km2 y una longitud de cauce principal de aproximadamente 14 km), hubo puntos en que se llegó a recoger hasta 120 litros por metro cuadrado en menos de treinta y pico horas, como en Llanos de la Concepción...
En aquellos días de enero de 1964, las aguas de los barranquillos de Maretones, de la Capellanía, de El Rodadero, de Tintabajar, de Tao, de Valle de Las Cuevas, de Tabordo o de Buen Lugar, fueron agrandando el caudal de aquel barranco, al que eran tributarios, hasta que se remansaron en la pared de la presa que por entonces y desde 1962, se estaba limpiando.
Pero aquí, en esta parte del municipio de Puerto del Rosario las cosas revistieron un carácter más organizado en la queja de los vecinos por los daños que las lluvias les habían causado. Tanto los colonos de Las Parcelas, por acción, como los labradores con fincas a lo largo de toda aquella cuenca, por testificación, todos empujados por Juan Berriel, formaron un expediente que tomó por documento de inicio el acta notarial que puso de relieve algunas dejaciones y omisiones de la Administración.
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| La presa de Los Molinos inconclusa. Nótese el torreón que describieron en la pesquisa notarial. Foto de la FEDAC. |
Fueron estos últimos labradores los que mostraron sus fincas en pleno temporal, para que se vieran los barranquillos llenos de aguas tumultuosas que dejaban carreteras y caminos cortados por las barranqueras y, encima, ver cómo, al llegar al muro que debía remansarlas, se colaban por el boquete que había dejado la voladura del torreón de control, destruido (según la constructora que hacía la limpieza del vaso del embalse) para dejar salir el lodo.
De aquel desastre se lamentaron algunos testigos que, sin pelos en la lengua, manifestaron que con el agua que se perdía por aquel boquete se habrían llenado en tres días, más de dos presas como la que nos ocupa. En aquella manifestaciones se ratificaron más de treinta propietarios y colonos, algo que, sumado a la información recogida de los vecinos que tenían fincas aguas arriba, nos habla de la dimensión y gravedad de lo que trajo la tormenta o turbón de enero de 1964.
Y si a Guisguey fue en paseo calmoso el ingeniero de la Junta Agronómica de la provincia, al Barranco de los Molinos se acercó el notario en lo más álgido de la tormenta (del 3 al 6 de enero), tanto fue así que, no pudiendo terminar su investigación el día cuatro, volvió de nuevo al día siguiente, víspera de Reyes Magos.
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| La foto es copia digital proporcionada por Mónica Montserrat. |
La decisión tomada por los vecinos de la cuenca del Barranco de Los Molinos, especialmente por los parceleros de la Colonia Rural General García Escámez, y demás propietarios del entorno, quiso dejar de manifiesto el grave perjuicio que la forma y el retraso de las obras de limpieza del vaso de la presa les causaba en episodios de lluvia como el que estaban viviendo.
Se quejaban de que era la segunda temporada en la que, pese a las lluvias caídas, la presa permanecía sin llenarse; que la razón fundamental de tal inoperatividad se debía a la destrucción del torreón de dicha presa con dinamita, razón por la que el agua se perdía barranco abajo hasta el mar; de que los trabajos de limpieza que se realizaban desde 1962 no daban el mínimo resultado y, encima, impedían el inicio de las adjudicadas obras de recrecimiento del muro. Ante semejante cadena de despropósitos estaba claro que los colonos difícilmente podrían conservar sus derechos de aprovechamiento hidráulico.
Para poner a salvo tales derechos, amenazados por los efectos de la tormenta, dejaron constancia de lo acontecido en enero de 1964, para lo cual trasladaron al notario hasta la presa, entrando por el ramal de Tefía en el cruce de la carretera de Casillas a Betancuria, dejando a espaldas las casas de Almácigo.
Me contaron los promotores de aquella visita que "intentaron llegar a la presa de Los Molinos, pero no pudieron cruzar el camino a Tefía por haberse desbordado la conocida Barranquera de Tao, que traía una altura de 40 centímetros de agua y una anchura de más de cinco metros... Sobre las cinco y media del día cuatro, en medio de una incesante lluvia que iba llenando todas las barranqueras que atravesamos en nuestro camino, e incluso -comentaban- las aguas discurrían libremente por los tableros de las fincas, encharcándolo todo..."
Vista la situación en las llanadas de Tefía optaron por visitar el caserío de Los Llanos de la Concepción, donde el movimiento de las aguas sobre el terreno era la misma: "Allí pudieron observar cómo los tres barrancos principales de la localidad, Majadita Negra, Valle Las Cuevas y Tabordo, que son tributarios del Barranco de Los Molinos, discurrían con un considerable caudal de agua...". Varios de los que allí ofrecieron su testimonio indicaron que durante la mañana del dicho día las aguas de la presa habían subido hasta cuatro metros del borde superior del muro, pero que también se veía una pérdida considerable.
Al día siguiente, 5 de enero, víspera del día de Reyes Magos, al mediodía, lograron llegar a la pared de la presa para certificar que la misma estaba totalmente vacía, aunque se veía discurrir un pequeño caudal barranco abajo, pero que "se aprecia una marca en el muro que coincidía con otra que existe en las márgenes del barranco donde está asentado el embalse; marca que permitía deducir la altura que con motivo de las lluvias caídas los días cuatro y cinco, alcanzó el agua en la presa de Los Molinos... se midió la distancia que separa dicha señal de la parte superior de dicho muro, resultando ser de tres metros y veinte centímetros aproximadamente".
El notario miró a la parte del vaso del embalse para notar cómo en el centro del muro, en el fondo, se veían restos de una construcción que, según le indicaron, correspondía a lo que fue torreón de control (lo vemos en la foto) de la presa y que estuvo adherido a la pared, pues se veían trozos de hierro salientes de la obra y que coincidían con la situación actual de los referidos restos, y por los extremos de éstos se aprecian claramente unos agujeros.
Los parceleros que asistieron como testigos a la visita manifestaron que por el barranco había corrido agua para llenar la presa cuatro veces, pues en los dos últimos días se había llenado ya dos veces. Conviene advertir que aún no se había rematado la obra pues el recrecimiento mencionado más arriba aún no se había acometido.
En la Colonia Rural García Escámez, aquellos testigos se ratificaron en lo dicho junto a la casa del acequiero, siendo confirmadas sus declaraciones por otros de los vecinos del caserío; allí llegaron a decir que el sábado por la tarde vieron cómo al tiempo que subía el nivel de las aguas en el embalse, se salía por la parte inferior del muro, barranco abajo, hasta el mar.
El día 14 de enero se terminaron las pesquisas sobre la tromba de agua y su impacto en la Cuenca del Barranco de Los Molinos, aportando don Juan Armas Brito unos datos pluviométricos realmente sorprendentes: el medidor de Llanos de la Concepción dijo cómo, a partir del día 4 a las doce del día, se registraron 125 litros en el espacio de 35 horas.
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| La presa de Los Molinos en la década de 1980. Foto aportación de Paco Cerdeña, 1984. |
La "cuerda de agua que a principios de enero de 1964 provocó estos hechos, entró por el Macizo de Betancuria, desplazándose sobre la Costa del Cangrejito y avanzó sobre la Costa de Las Salinas y Jarugo, corriendo hacia el interior en rumbo noreste hasta la Rosa de Tinojay y el mar; en su paso barrió una faja de terreno que llegaba desde las montañas del Campo y de Tao hasta la Muda, y afectó los pueblos de La Matilla y especialmente Guisguey, en cuyas montañas se agarró la turbonada que llegó a la prensa escrita.
Pero aquel mes de enero de hace sesenta y dos años dejó, "un día de Reyes especialmente largo", con festejos extraordinarios, incluida una merienda para unos mil quinientos chiquillos; peso a la gravedad de la tormenta, las cabalgatas repartidoras de juguetes siguieron recorriendo Fuerteventura de norte a sur hasta después del día 17. Intentamos que no silencien ni oculten hechos tan graves como los descritos.
(c) Francisco J. Cerdeña Armas. Enero de 2026.


